ya por los tiempos del Carnaval, poco después de mediados de febrero, su presentimiento se vio confirmado por los signos de un cambio muy decidido: los partidarios de los Médici habían dejado de ser pasivos y se esforzaban abiertamente por conseguir la elección de Bernardo del Nero como nuevo Gonfaloniero.
En el último día del Carnaval, entre las diez y las once de la mañana, Romola salió, según lo prometido, hacia el Corso degli Albizzi, para buscar a su prima Brigida, a fin de que ambas estuvieran listas para partir de la Via de’ Bardi temprano por la tarde y ocupar sus lugares en una ventana que Tito les había reservado en la Piazza della Signoria, donde iba a haber un espectáculo de una índole tan nueva y llamativa que todos los ojos florentinos debían desear verlo.
Pues los Piagnoni se estaban saliendo completamente con la suya en lo tocante al modo de celebrar el Carnaval. En vano Dolfo Spini y sus compañeros habían bregado por organizar las queridas máscaras y bromas de antaño, bien sazonadas de indecencia. Semejantes cosas no iban a tolerarse en una ciudad donde Cristo había sido declarado rey.
Romola emprendió el camino en ese estado de ánimo lánguido con el que cualquiera se embarca en un largo día de turismo puramente por complacer a un niño, o a un querido amigo aniñado.
El día era sin duda una época en la celebración del carnaval; pero esta fase de reforma no había rozado su entusiasmo: y ella no sabía que era una época en su propia vida en la que otro destino comenzaría a entrelazarse ya no en secreto, sino visiblemente, con el suyo.
Prefirió cruzar por la gran Plaza para poder echar un primer vistazo a la vista sin par que allí se ofrecía mientras aún estaba sola. Entrando en ella por el sur, vio algo monstruoso y multicolor con forma de pirámide, o más bien de gigantesco abeto de sesenta pies de altura, con