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LIX

comerciante honrado. "Ley" o "Justicia", me da lo mismo; son buenas mercancías. Las conseguí ambas por nada y las vendo con un margen justo. ¿Pero querrás más de una de cada clase, no? »

—No, no: aquí tienes un quattrino blanco para los dos —dijo Romola, dobló las cuentas y se alejó apresuradamente.

No tardó en encontrarse en los claustros exteriores de San Marco, donde fray Salvestro la esperaba bajo los arcos, sin reparar en el acercamiento de su ligero paso.

Estaba charlando, según su costumbre, con visitantes seculares; pues bajo los auspicios de un gobierno favorable al Frate, la timidez por frecuentar San Marco, que había surgido tras el primer impacto de la Excomunión, iba cediendo gradualmente.

En uno de aquellos visitantes seculares reconoció a un conocido acólito de Francesco Valori, llamado Andrea Cambini, quien narraba o exponía con enfática gesticulación, mientras fray Salvestro escuchaba con ese aire de curiosidad trivial que revela que al oyente le importan mucho las noticias y muy poco su calidad.

Esta característica de su confesor, que siempre le había resultado repulsiva a Romola, se le volvió exasperante en aquel momento por la certeza que dedujo, a partir de las palabras inconexas que llegaron a sus oídos, de que Cambini estaba narrando algo relativo a la suerte de los conspiradores.

Decidió no acercarse al grupo, pero tan pronto como vio que había captado la atención de fray Salvestro, se giró hacia la puerta de la sala capitular, mientras este, haciendo una señal de asentimiento, desaparecía en el claustro interior.

Un hermano lego aguardaba para abrirle la puerta de la sala capitular y la cerró tras ella en cuanto entró.

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