Sentándose en un escabel bajo, cerca de la rodilla de su padre, Romola tomó el libro sobre su regazo y leyó los cuatro versos que contenían la exclamación de Acteón.
—Es verdad, Romola —dijo Bardo, cuando ella hubo terminado—; es una verdadera concepción del poeta; pues, ¿qué es esa luz más tosca y limitada con la que los hombres contemplan meramente la escena mezquina que los rodea, en comparación con esa luz vasta y perdurable que se extiende sobre siglos de pensamiento y sobre la vida de las naciones, y nos aclara las mentes de los inmortales que han cosechado la gran mies y nos han dejado espigar en sus surcos?
Para mí, Romola, incluso cuando podía ver, era con los grandes muertos con quienes vivía; mientras que los vivos a menudo me parecían meros espectros —sombras despojadas de verdadero sentimiento e inteligencia—; y a diferencia de aquellas Lamiae a quienes Poliziano, con ese ingenio superficial que no le niego, compara a nuestros inquisitivos florentinos, porque se ponían los ojos al salir a la calle y se los quitaban al volver a casa, yo he regresado del trato en las calles como de un sueño olvidado, y me he sentado entre mis libros, diciendo con Petrarca, el moderno menos indigno de ser nombrado tras los antiguos: “ Libri medullitus delectant, colloquuntur, consulunt, et viva quadam nobis atque arguta familiaritate junguntur .”
—Y en una cosa eres más dichoso que tu amado Petrarca, padre —dijo Romola, complaciendo con afecto la inclinación del anciano a explayarse de aquel modo—; pues él solía mirar su ejemplar de Homero y pensar con tristeza que el griego era para él letra muerta: hasta cierto punto, padecía la ceguera interior que tú sientes que es peor que tu ceguera exterior.
“Es verdad, hija; pues llevo dentro de mí los frutos de ese ferviente estudio que dediqué a la lengua griega bajo la enseñanza del joven