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VI. Esperanzas al amanecer

canto de maitines es ahogado por la voz del almuédano, que, desde la galería de la alta torre de la Acrópolis, llama a todos los musulmanes a sus oraciones. Esa torre surge del Partenón mismo; y cada vez que nos deteníamos y dirigíamos la vista hacia ella, nuestro guía prorronto en lamentos porque un templo que en su día había sido ganado a los usos diabólicos de los paganos para convertirse en el templo de otra virgen distinta de Palas —la Virgen Madre de Dios— era ahora pervertido de nuevo para los fines malditos del musulmán. Fue la visión de aquellos muros de la Acrópolis, que se divisaban a lo lejos cuando nos asomábamos por la borda de nuestra galera al verse obligada por vientos contrarios a anclar en el Pireo, lo que encendió en la mente de mi padre el firme propósito de ver Atenas a cualquier precio, y a pesar de las advertencias de los marineros de que, si nos demorábamos hasta que cambiara el viento, partirían sin nosotros; pero, al fin y al cabo, nos era imposible acercarnos a la Acrópolis, pues la visión de unos hombres empeñados en examinar «piedras viejas» levantaba sospechas de que éramos espías venecianos, y tuvimos que regresar apresuradamente al puerto.

—Hablaremos más de estas cosas —dijo Bardo, con entusiasmo—. Debes recordarlo todo, hasta el más mínimo rastro que quede en tu memoria. Te ganarás la gratitud de los tiempos venideros al dejar un testimonio del aspecto que tenía Grecia mientras los bárbaros aún no habían borrado cada rastro de las estructuras que Pausanias y Plinio describieron; tomarás a esos grandes escritores como tus modelos; y no habrá de faltarte la contribución de crítica y sugerencia que mi mente más madura pueda aportarte. Habrá mucho que contar; pues has viajado, según dijiste, por el Peloponeso.

“Sí; y en Beocia también: he descansado en los bosques del Helicón y he probado la fuente Hipocrene. Pero en cada lugar memorable de Grecia la

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