resonaba en el Duomo. Era propio de la mente de Savonarola concebir grandes empresas y sentir que él era el hombre para llevarlas a cabo. * La iniquidad debía ser abatida; * la causa de la justicia, la pureza y el amor debía triunfar; * y debía triunfar por su voz, por su obra, por su sangre. En momentos de contemplación extática, sin duda, el sentido del yo se fundía en el sentido de lo Inefable, y en esa parte de su experiencia residían los elementos de una genuina humillación; pero ante sus semejantes, para quienes debía actuar, la preeminencia parecía una condición necesaria
Y tal vez esta confesión, aun cuando describía una dualidad consciente y deliberada, en realidad no implicaba más que esa vacilación de la creencia respecto a sus propias impresiones y motivos a la que la mayoría de los seres humanos que no poseen una estúpida inflexibilidad de confianza en sí mismos deben estar expuestos bajo un cambio drástico en las condiciones externas.
En una vida donde la experiencia era tan tumultuosamente variada como debió de serlo en la del Frate, ¡qué margen se abría para un cambio de autoevaluación cuando, en lugar de ojos que veneraban y rodillas que se hincaban, en lugar de una gran obra en vías de realización y que en su prosperidad señalaba al agente como un instrumento elegido, llegaron los abucheos, los escupitajos y las maldiciones de la multitud; y luego los rostros implacables de enemigos convertidos en jueces; y después la horrible tortura, y con la tortura el grito irreprimible: «Es verdad lo que queréis que diga: dejadme ir: no me tortureis otra vez: sí, sí, soy culpable. ¡Oh Dios! ¡Tu golpe me ha alcanzado!»!
Mientras Romola pensaba en la angustia que debió de seguir a la confesión —si, en la posterior soledad de la prisión, la conciencia se des