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XLIV. La Virgen visible

—Creo que usted no es florentino —dijo ella, al poco rato, mientras doblaban hacia el puente.

La miró de reojo sin hablar. Su cautela recelosa era aún más intensa que de costumbre, justo ahora que la niebla de la confusión y el olvido se veía densa por la debilidad corporal. Pero ella también lo estaba mirando, y había algo en sus tiernos ojos que al fin lo obligó a responderle. Contestó, sin embargo, con cautela:

“No, no soy florentino; soy un hombre solitario”.

Ella observó su reticencia a hablarle y no se atrevió a interrogarlo más, no fuera a ser que deseara abandonarla.

Mientras lo miraba de reojo de vez en cuando, su mente bullía con pensamientos que ahogaban la débil esperanza de que no hubiera nada doloroso que revelar sobre su marido.

Si este viejo se hubiera equivocado, ¡dónde estaba el motivo de temor y secreto!

Siguyeron caminando en silencio hasta llegar a la entrada de la Via de’ Bardi, y Romola advirtió que él se volvía y la miraba con un movimiento repentino, como si una sacudida lo hubiera atravesado.

Pocos momentos después, ella se detuvo ante la puerta semiabierta del patio y se volvió hacia él.

—¡Ah! —dijo, sin esperar a que ella hablara—, usted es su mujer.

—¿De quién es esposa? —dijo Romola.

Habría sido imposible para Baldassarre recordar nombre alguno en aquel momento. La fuerza misma con la que la imagen de Tito se imprimía en él parecía expulsar cualquier signo verbal. No respondió, sino que la miró con una extraña fijeza.

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