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IX. El rescate de un hombre

Él estaba en su florida juventud —no apasionado, sino impresionable—: era tan inevitable que sintiera afecto por Romola como que los lirios blancos se reflejaran en el arroyo claro y bañado por el sol; pero carecía de vanidad y tenía la íntima conciencia de que Romola era algo muy superior a él. Muchos hombres han sentido lo mismo ante un niño sencillo de ojos grandes.

No obstante, Tito había tenido el éxito fulminante que a otros hombres los habría vuelto presuntuosos, o le habría justificado a él pensar que no era demasiada presunción albergar la grata confianza de que algún día podría ser el esposo de Romola; es más, de que el propio padre de ella no carecía de una visión semejante para su futuro.

Su primera auspiciosa entrevista con Bartolommeo Scala había resultado ser el comienzo de un creciente favor por parte del secretario, y había conducido a un desenlace que habría sido suficiente para que Tito decidiera establecerse en Florencia, aun cuando esta no contara con ningún otro imán.

Politiano era profesor de griego y también de latín en Florencia, donde se mantenían cátedras universitarias, a pesar de que la universidad se había trasladado a Pisa; pero durante mucho tiempo Demetrio Calcondila, uno de los griegos emigrados más eminentes y respetables, también había ocupado una cátedra de griego, simultáneamente con el italiano, que era demasiado dominante.

Calcondila se había marchado ahora a Milán, y no había ningún contrapeso ni rival para Politiano como el que deseaban para él sus amigos, los cuales querían que se le enseñara un poco de decoro y humildad.

Scala estaba lejos de ser el único amigo de esta clase, y encontró a varios que, si no estaban entre aquellos hambrientos admiradores de la mediocridad que se alegraban de refrescarse con sus versos en tiempo de

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