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VI. Esperanzas al amanecer

Bardo se contuvo: no deseaba adoptar una actitud de queja en presencia de un desconocido, y recordó que este joven, por quien tan inesperadamente había llegado a interesarse tanto, seguía siendo un extraño, frente al cual le convenía más mantener la posición de un mecenas. Su orgullo se vio espoleado a una doble actividad por el temor de haber olvidado su dignidad.

—Pero —prosiguió, con su tono original de condescendencia—, nos estamos desviando de lo que creo que es para usted el asunto más importante. Nello me informó que tenía ciertas gemas de las que le gustaría desprenderse, y que deseaba un salvoconducto para llegar a algún hombre de fortuna y buen gusto que probablemente pudiera convertirse en comprador.

—Es verdad; pues, aunque he conseguido empleo como corrector en casa de los Cennini, mi paga deja poco margen más allá de la provisión de lo necesario, y dejaría aún menos de no ser porque mi buen amigo Nello insiste en que le alquile una habitación y no hablemos del alquiler hasta que vengan días mejores.

—Nello es un pródigo de buen corazón —dijo Bardo—; y aunque, con ese oído presto y esa lengua presta que tiene, se parece demasiado al mal afamado Margites —que sabía muchas cosas y todas ellas mal, como le insinué hace un momento—, no deja de ser un «abnormis sapiens», a la manera de nuestros nativos florentinos. Pero ¿traéis las gemas con vos? De buen grado sabría cuáles son... aunque es inútil: no, solo podría profundizar el pesar. No puedo añadir nada a mi tesoro.

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