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XV. El último mensaje

tomarte de la mano, Romola; y luego te vi tomar a mi padre de la mano; y los tres bajaron por los peldaños de piedra hacia las calles, abriendo el paso el hombre cuyo rostro era para mí un vacío.

Y te detuviste ante el altar en Santa Croce, y el sacerdote que te casó tenía el rostro de la muerte; y las tumbas se abrieron, y los muertos con sus mortajas se levantaron y te siguieron como un cortejo nupcial.

Y pasaste por las calles y las puertas hacia el valle, y me pareció que aquel que te guiaba te apresuraba más de lo que podías soportar, y los muertos estaban cansados de seguirte y se volvieron a sus tumbas.

Y por fin llegaste a un lugar pedregoso donde no había agua, ni árboles ni vegetación; mas en lugar de agua, vi pergaminos escritos que se desenrollaban por todas partes, y en lugar de árboles y vegetación vi hombres de bronce y de mármol que brotaban y se apiñaban a tu alrededor.

Y mi padre desmayó por falta de agua y cayó al suelo; y el hombre cuyo rostro era un vacío soltó tu mano y se marchó: y al irse pude ver su rostro; y era el rostro del Gran Tentador.

Y tú, Romola, te retorciste las manos y buscaste agua, y no había ninguna. Y las figuras de bronce y mármol parecían burlarse de ti y tenderte copas de agua, y cuando las agarrabas y las acercabas a los labios de mi padre, se convertían en pergamino.

Y las figuras de bronce y mármol parecían transformarse en demonios y arrebatarte el cuerpo de mi padre, y los pergaminos se arrugaban, y por todas partes corría sangre en su lugar, y fuego sobre la sangre, hasta que todos desaparecían, y la llanura volvía a estar yerma y pedregosa, y tú te quedabas sola en medio de ella.

Y entonces pareció que caía la noche y no vi más⁠ ⁠…

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