—Madonna, no hace falta que mire estas cosas crueles. Yo le avisaré cuando salga del Palacio. Confíe en mí; sé lo que iría a ver.
Romola se cubrió el rostro, pero los abucheos que parecían hacer visible aún el espantoso escenario no se pudieron apagar. Por fin le tocaron el brazo y oyó las palabras: «Él viene».
Miró hacia el Palacio y pudo ver a Savonarola conducido al exterior con su hábito dominico; pudo verlo de pie ante el obispo, y cómo lo despojaban del manto negro, el escapulario blanco y la larga túnica blanca, hasta quedar con una ajustada túnica interior de lana, que no denotaba ningún cargo sagrado ni rango alguno. Había sido degradado y excluido de la Iglesia militante.
La parte más baja de la multitud se deleita en las degradaciones, al margen de cualquier odio; es la sátira que mejor comprende.
Hubo un nuevo abucheo de triunfo cuando los tres hermanos degradados pasaron ante el tribunal de los Comisarios Papales, quienes debían declararlos cismáticos y herejes.
¿Acaso el profeta no parecía un cismático y un hereje ahora? Es fácil creer en el estado condenable de un hombre que se halla despojado y degradado.
Luego se pasó el tercer tribunal, el de los magistrados florentinos que debían dictar sentencia, y entre los cuales, a pesar de la distancia, Romola pudo distinguir la odiosa figura de Dolfo Spini, revestido con el grave lucco negro, en calidad de uno de los Ocho.
Entonces las tres figuras, con sus ajustados hábitos blancos, avanzaron por la plataforma, en medio de gritos y tonos ásperos de insulto.
—Cúbrete los ojos, Madonna —dijo Jacopo Nardi—; fray Girolamo será el último.