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LXI

A la deriva

En el octavo día desde aquella noche memorable, Romola estaba de pie a la orilla del mar Mediterráneo, observando el suave latido estival del mar justo por encima de lo que entonces era el pequeño pueblo pesquero de Viareggio.

De nuevo había huido de Florencia, y esta vez ninguna voz imperativa la había llamado. De nuevo vestía el hábito religioso gris; y esta vez, en su profunda desazón, no le importaba que fuese un disfraz.

Una nueva rebeldía había surgido en su interior, una nueva desesperación. ¿Por qué iba a importarle llevar un distintivo más que otro, o que la llamasen por su propio nombre? Desesperaba de encontrar algún deber coherente ligado a ese nombre. ¿Qué fuerza existía para crear en ella ese motivo supremo y sagrado que los hombres llaman deber, pero que no puede poseer una existencia interior y coercitiva sino a través de alguna forma de amor creyente?

Los lazos de todo afecto fuerte se habían roto. En su matrimonio, el más alto lazo de todos, había dejado de ver la unión mística que es su propia garantía de indisolubilidad, había dejado de ver incluso la obligación de un compromiso voluntario: ¿no había demostrado que las cosas a las que se había comprometido eran imposibles? El impulso de liberarse había vuelto a surgir con fuerza irresistible; sin embargo, la libertad solo podría ser un intercambio de calamidades. > No hay compensación para la mujer que siente que la relación principal de su vida no ha sido más que un

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