manuscrito y otro impreso en mayúsculas abiertos sobre ella, un laúd, unos cuantos bocetos al óleo y uno o dos modelos de manos y máscaras antiguas. > —Pues mi tienda no es un refugio menos digno de las Musas, como habréis de reconocer cuando sintáis la repentina iluminación del entendimiento y el sereno vigor de la inspiración que os sobrevendrán con la barbilla despejada. ¡Ah! Ya veo que sabéis hacer hablar a ese laúd. Yo también tengo cierta habilidad en ese terreno, aunque la serenata de nada sirve cuando la luz del día descubre un rostro como el mío, que no luce más fresco que una manzana que ha pasado el invierno. Pero mirad ese boceto: es una ocurrencia de Piero di Cosimo, un pintor extraño y caprichoso que dice haberla visto de tanto mirar una pared
El boceto al que Nello señaló representaba tres máscaras: una, la de un Sátiro borracho y risueño; otra, una Magdalena doliente, y la tercera, que yacía entre ellas, el rostro rígido y frío de un estoico; las máscaras descansaban oblicuamente sobre el regazo de un niñito, cuyos rasgos de querubín se alzaban sobre ellas con algo de la promesa celestial en la mirada que los pintores de aquella época habían aprendido a conferir al Divino Infante.
“Un cuadro simbólico, ya veo”, dijo el joven griego, tocando el laúd mientras hablaba, de modo que produjo un leve murmullo musical.
“El niño, tal vez, sea la Edad de Oro, que no necesita ni de cultos ni de filosofías. Y la Edad de Oro siempre puede regresar mientras los hombres nazcan con forma de bebés, y no vengan al mundo con sotana o manto forrado de piel. O bien, el niño puede significar la sabia filosofía de Epicuro, alejada por igual de lo grosero, lo triste y lo severo”.