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XLIII. La Virgen invisible

no hizo brotar ningún nuevo destello de alegría en sus ojos. Había reprimido su primer impulso de expectativa; pero su principal preocupación seguía siendo saber qué noticias de alivio habían llegado para Florencia.

“¡Buenas noticias!”

“¡La mejor noticia!”

“¡Noticias que se pagan con calzas!” (novelle da calze) fueron las vagas respuestas con las que Tito acalló las importunidades de la multitud, hasta que logró abrirse paso con su caballo hasta el lugar, en la confluencia de los caminos, donde el Gonfaloniero y los Priores lo aguardaban. Allí se detuvo y, haciendo una profunda reverencia, dijo:

“¡Magníficos Signori! Tengo que comunicaros la alegre noticia de que las galeras procedentes de Francia, cargadas de grano y de hombres, han llegado a salvo al puerto de Livorno, gracias al favor de un fuerte viento que mantuvo a la flota enemiga a distancia”.

No bien habían salido las palabras de los labios de Tito, cuando parecieron vibrar calle arriba.

Un gran grito resonó en el aire y corrió a lo largo del río; y luego otro, y otro; y los gritos se oyeron propagarse a lo largo de la línea de la procesión hacia el Duomo; y después hubo otros gritos más débiles como respuesta, semejantes al rumor intermitente de olas distantes en un gran lago cuyas aguas obedecen a un solo impulso.

Durante unos minutos no hubo ningún intento de hablar más: la propia Signoria se quitó los sombreros y permaneció con la cabeza descubierta en presencia de un rescate que había llegado desde fuera de los límites de su propio poder, desde esa región de confianza y resignación que en todas las épocas ha sido llamada divina.

Al fin, cuando se dio la señal de avanzar, Tito dijo, con una sonrisa⁠—

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