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XLV. At the Barber’s Shop

campeones jurados de los banquetes extravagantes y de todos los placenteros pecados de la carne, contra los pietistas reformadores que amenazaban con hacer el mundo tan casto y templado hasta un grado intolerable que pronto no habría ninguna razón para vivir, salvo lo sumamente desagradable de la alternativa. Hasta esa misma mañana había estado proclamando a voces que Florencia estaba entregada al hambre y a la ruina enteramente por su ciega adhesión a los consejos del Frate, y que no podía haber salvación para Florencia más que uniéndose a la Liga y expulsando al Frate de la ciudad —enviándolo a Roma, de hecho, adonde debió haber ido hacía mucho tiempo en obediencia a la citación del Papa—. Se sospechaba, por tanto, que el corazón de Messer Dolfo Spini no ardía de puro gozo ante los inesperados auxilios que habían llegado en aparente cumplimiento de la predicción del Frate, y las risas, que volvían a resonar con fuerza cuando Tito se unió al grupo en la puerta de Nello, no sirvieron para disipar la sospecha. Pues, apoyado en el quicio de la puerta en el centro del grupo, se encontraba un personaje apurado de afeitar y mirada aguda llamado Niccolò Macchiavelli, quien, a pesar de su juventud, había penetrado todos los pequeños secretos del egoísmo.

—La cabeza de messer Dolfo —iba diciendo— es más una calabaza de lo que pensaba. Mido la estupidez de los hombres por los ardides en los que confían para engañar a los demás. El animal más estúpido de todos es aquel que sonríe y dice que no le importa justo después de recibir una patada en las espinillas. Si fuera un ápice más tonto —continuó, sonriendo mientras el corro se abría para dar paso a Tito—, fingiría que me gusta este Melema, el cual ha conseguido una secretaría que me vendría como anillo al dedo... ¡como si un latín mal pagado pudiera querer más a un latín mejor pagado! Melema, eres un tipo pestilentemente listo, estorbas mucho en

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