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XXXII. Una revelación

¿Acaso no es un bien que cumplamos nuestras promesas silenciosas sobre las que otros construyen porque creen en nuestro amor y nuestra verdad? ¿Acaso no es un bien que una vida justa sea justamente honrada? O, ¿es un bien que endurezcamos nuestros corazones contra todas las necesidades y esperanzas de quienes han dependido de nosotros? ¿Qué bien puede pertenecer a los hombres que tienen tales almas? Hablar con ingenio, tal vez, y buscarse cómodos lechos, y vivir y morir con sus viles personas como sus mejores compañeros”.

Su voz había ido subiendo gradualmente hasta que hubo un matiz de desdén en las últimas palabras; hizo una ligera pausa, pero él vio que había otras palabras temblando en sus labios, y decidió dejar que salieran.

“No conozco ningún bien para las ciudades ni para el mundo si han de estar formadas por seres semejantes. Pero no estoy pensando en otras ciudades italianas ni en todo el mundo civilizado; estoy pensando en mi padre, en mi amor y mi dolor por él, y en sus justas demandas sobre nosotros.

Renunciaría a cualquier otra cosa, Tito; dejaría Florencia... ¿para qué otra cosa viví sino para él y para ti? Pero no renunciaré a ese deber. ¿Qué tengo yo que ver con tus argumentos? Era un anhelo de su corazón y, por lo tanto, es un anhelo mío”.

Su voz, que había estado trémula, se había vuelto llena y firme. Sentía que la habían empujado a decir todo lo que era necesario que dijese. Pensaba, pobre, que no había nada más difícil por venir que esta lucha contra las insinuaciones de Tito como contra la parte más mezquina de sí misma.

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