semanas antes, algunos de ellos ya enfermos de peste. Los aldeanos, decía el sacerdote, se habían negado por supuesto a dar cobijo a los malvados, salvo en una choza distante y bajo montones de paja. Pero cuando los forasteros murieron de la peste y parte de la gente arrojó los cuerpos al mar, el mar los había devuelto en una gran tormenta, y todo el mundo se vio invadido por el terror. Se cavó una fosa y se enterró a los cadávares; pero entonces la peste atacó a los cristianos, y la mayor parte de los aldeanos se marchó al otro lado de la montaña, arreando su poco ganado y llevando provisiones. El sacerdote no había huido; se había quedado a rezar por la gente, y había persuadido al joven Jacopo para que se quedara con él; pero confesaba que un terror mortal a la peste se había apoderado de él, y no se había atrevido a bajar al valle.
Table of Contents
LXVIII
803