No tardó mucho tiempo en tener que descubrirlos de nuevo.
Savonarola estaba allí. Ya no estaba lejos de ella. Había subido los escalones; podía verlo mirar a la muchedumbre.
Pero en el mismo instante murió la esperanza, y ella solo vio lo que él estaba viendo: antorchas ondeando para encender la leña bajo su cadáver, rostros resplandecientes con una luz aún peor; solo oyó lo que él estaba oyendo: chabacanas burlas, provocaciones y maldiciones.
El momento había pasado. Su rostro estaba cubierto de nuevo, y ella solo sabía que la voz de Savonarola había pasado al silencio eterno.