advertirlo; y la barrera entre él y Romola se había levantado debido a la imposibilidad de semejante ocultamiento con ella. Eludía los juicios condenatorios como a un clima al que no podía adaptarse. Pero las cosas no eran tan maleables en manos de la astucia como habría sido deseable, y los acontecimientos habían resultado inconvenientes. En realidad, no guardaba ningún rencor contra Messer Bernardo del Nero: sentía una simpatía personal por Lorenzo Tornabuoni y Giannozzo Pucci. Los había servido con gran destreza y de tal modo que, de haber resultado victorioso su partido, se habría hecho acreedor a una alta recompensa; pero ¿iba a renunciar a todos los frutos agradables de la vida porque el partido de ellos hubiera fracasado? Su ofrecimiento de una pequeña prueba adicional en su contra probablemente no influiría en el destino de estos; de hecho, estaba convencido de que escaparían a cualquier consecuencia extrema; pero si no la hubiera aportado, su propia fortuna, que constituía un edificio prometedor, se habría arruinado por completo. Y, en el fondo, ¿qué motivo podía tener realmente un hombre, aparte de su propio interés? * Los florentinos cuyas pasiones estaban inmiscuidas en sus mezquindades y precarios planes políticos acaso no tuvieran un interés propio separable del orgullo familiar y de la tenacidad en los viejos odios y afectos; * un simplón moderno que se tragara entero uno de los viejos sistemas filosóficos, y tomara la indigestión resultante por los signos de una inspiración divina o la voz de un monitor interior, podría ver su interés en una forma de vanidad a la que llamaba virtud autocompensada; * los fanáticos que creían en la inminente plaga y renovación podrían ver su propio interés en una futura palma y
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