desconcierto en su mirada. Y, lo que era aún más horrible, cuando la espesa nube se rasgaba un momento y, al lanzarse él hacia adelante con esperanza, volvía a juntarse y lo dejaba tan desamparado como antes; sin duda, se reflejaba entonces en su rostro una confusión vacía, como la de un hombre repentinamente golpeado por la ceguera.
¿Podía probar algo? ¿Podía siquiera empezar a alegar algo, con la confianza de que los eslabones del pensamiento no se romperían? ¿Creería alguien que alguna vez había tenido una mente llena de raros conocimientos, ocupada en profundos pensamientos, lista para un discurso variado? Todo se le había escapado de las manos —aquel tesoro laboriosamente acumulado—. ¿Se había ido de él total y para siempre, como las aguas de una urna perdida en el vasto océano? ¿O seguía dentro de él, aprisionado por alguna obstrucción que algún día pudiera romperse?
Podría ser así; intentaba aferrarse a esa esperanza. Pues, desde el día en que por primera vez se había levantado con debilidad de su lecho de paja y había sentido una nueva oscuridad en su interior bajo la luz del sol, su