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LVII

que se produjera un descubrimiento generalizado sobre las intrigas de los Médici. Pero su ágil mente no tardó en trazar el rumbo que le aseguraría la propia seguridad con el menor número de contratiempos desagradables. Es agradable conservar intacta la piel; pero la piel sigue siendo un órgano sensible a la atmósfera.

Su cálculo no lo había engañado. Esa noche, antes de regresar a casa, había asegurado los tres resultados que más le importaban:

  • iba a ser liberado de todo proceso en su contra por complicidad con los medici;
  • conservaría su puesto de secretario por un año más, a menos que renunciara antes a él; y,
  • por último, el precio mediante el cual había obtenido estas garantías se mantendría como secreto de Estado.

La mayoría de los hombres habría considerado el precio muy alto; y al propio Tito le habría gustado no pagarlo.

Se había empleado primero en ganarse la mente de Francesco Valori, quien no solo era uno de los Diez bajo los cuales desempeñaba directamente su secretaría, sino uno de los miembros del consejo especial designado para investigar las pruebas de la conjura. Francesco Valori, como hemos visto, era la cabeza de los Piagnoni, un hombre con ciertas cualidades nobles que no eran incompatibles con un violento partidismo, con un temperamento arrogante que enajenaba a sus amigos, ni con amargas inimizades personales —siendo una de las más amargas la dirigida contra Bernardo del Nero. A él, en una breve entrevista privada, tras obtener una promesa de secreto, Tito le confesó su propia mediación a favor de los mediceos —una mediación

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