había predicado como el fruto principal de la vida divina. En el trajín y el calor del día, con las mejillas ardientes, con los gritos resonando en los oídos, ¿quién es tan dichoso como para recordar los anhelos que tuvo en la mañana fresca y silenciosa, y saber que no los ha traicionado?
“Oh, Dios, es por causa del pueblo; porque están ciegos, porque su fe depende de mí. Si me pongo cilicio y me arrojo entre la ceniza, ¿quién levantará el estandarte y encabezará la batalla? ¿Acaso no he sido guiado por un camino que no conocía hacia la obra que tengo por delante?”
El conflicto era de aquellos que no podían terminar, y en el esfuerzo de la súplica devota la mente inquieta lavaba continuamente su dolor en pensamientos sobre la grandeza de aquella tarea que no había ningún otro hombre capaz de cumplir si él la abandonaba.
No era cosa de todos los días que un hombre fuera inspirado con la visión y la audacia que hacían a un rebelde sagrado.