—Inrodillaos, hija mía, pues el Ángel de la Muerte está presente y aguarda mientras se entrega el mensaje del cielo: doblad vuestro orgullo antes de que un yugo de hierro lo doble por vos —dijo una voz fuerte y sonora, en sorprendente contraste con la de fray Luca.
El tono no era el de una orden imperiosa, sino el de una serena posesión de sí mismo y de seguridad en el derecho, mezcladas con benignidad.
Romola, vibrando al eco de aquella voz, miró a la figura situada al otro lado de la cama. Su rostro apenas se distinguía bajo la sombra de la capucha, y sus ojos recayeron de inmediato en las manos de este, que cruzadas sobre el pecho descansaban en relieve sobre el borde de su manto negro.
Poseían una fisonomía marcada que reforzaba el influjo de la voz: eran bellísimas y de una delicadeza casi transparente.
La disposición de Romola a rebelarse contra el mandato, doblemente activa en presencia de monjes, a quienes le habían enseñado a despreciar, se habría aferrado a cualquier detalle repulsivo como punto de apoyo.
Pero el rostro estaba oculto, y las manos parecían contener una súplica contra toda dureza. Al momento siguiente, la mano derecha tomó el crucifijo para aliviar la fatigada presa de fray Luca, y la izquierda le rozó los labios con una esponja húmeda que estaba cerca.
En el acto de inclinarse, la capucha se echó hacia atrás, y las facciones del monje recibieron la luz plena de las velas. Eran rasgos muy marcados, de esos que se prestan a la descripción popular. * Estaba la nariz alta y aguileña, * el labio