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XLVII

exigencia. Pero ¿acaso ella, una esposa, iba a permitir que un marido infligiera los agravios que lo convertirían en un malhechor, cuando en su poder podría estar el prevenirlos? La oración le parecía imposible. La actividad de su pensamiento excluía un estado mental cuya esencia es la pasividad

La excitación se volvió cada vez más intensa. Su imaginación, en un estado de actividad mórbida, conjuraba posibles ardides mediante los cuales, después de todo, Tito habría eludido su amenaza; y hacia el amanecer la lluvia se hizo menos violenta, hasta que por fin cesó, la brisa volvió a levantarse y disipó las nubes, y la mañana cayó clara sobre todos los objetos a su alrededor.

Eso hizo que su inquietud fuera aún menos soportable. Se envolvió en su manto y corrió hacia la logia, como si pudiera haber algo en el vasto paisaje que determinara su acción; como si pudiera haber algo más que tejados ocultando la línea de la calle por la cual Savonarola pudiera estar caminando hacia la traición.

Si acudía a su padrino, ¿no podría inducirle, sin ninguna revelación específica, a tomar medidas para impedir que fray Girolamo cruzara las puertas?

Pero eso podría ser demasiado tarde. Romola pensó, con una nueva angustia, que no había conseguido averiguar ningún detalle orientativo por parte de Tito, y ya pasaba con creces de las siete. Tenía que ir a San Marco: no había otra cosa que hacer.

Se apresuró a bajar las escaleras, salió a la calle sin mirar a sus enfermos y caminó a paso rápido por la Via de’ Bardi hacia el Ponte Vecchio. Cruzaría por el corazón de la ciudad; era el camino más directo y, además, en la gran plaza existía la posibilidad de encontrarse con su esposo, quien, por alguna remota posibilidad a la que ella aún se aferraba, tal vez pudiera

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