Todo había sido tan rápido como la mezcla irreversible de las aguas, pues ni el ávido y celoso Bardo se había impacientado.
—¿Tienes los volúmenes, mi Romola? —dijo el viejo, cuando se acercaron a él de nuevo—. Y ahora prepararás la pluma; porque, a medida que Tito vaya señalando los escolios que decidamos extraer, será bueno que los copies sin demora, numerándolos con cuidado, tenlo presente, para que correspondan con los números del texto que él escribirá.
Romola siempre tenía alguna tarea que le daba una participación en esta obra conjunta. Tito tomaba su lugar junto al leggio, donde escribía y leía a la vez, y ella se instalaba en una mesa justo frente a él, dispuesta a entregar en las manos de su padre cualquier cosa que este pudiera necesitar, o a relevarlo de un volumen del que ya hubiera prescindido. Siempre habían estado en esa postura desde que el trabajo había comenzado, pero en este día parecía nueva; resultaba muy distinto ahora estar el uno frente al otro; muy distinto para Tito tomar un libro de ella, mientras esta lo levantaba de las rodillas de su padre.
Sin embargo, no había artificio alguno para asegurar una mirada o un toque adicionales. Cada mujer crea a su propia imagen las prendas de amor que se le ofrecen; y la profunda y serena felicidad de Romola envolvía a Tito como la rica pero apacible luz del atardecer que disipa toda inquietud.
Llevaban dos horas en su labor y estaban a punto de suspenderla debido a la luz menguante, cuando la puerta se abrió y entró una figura extrañamente incongruente con el curso de sus pensamientos y con las sugerencias de cuanto los rodeaba.
Era la figura de una mujer baja, fornida y de ojos negros, de unos cincuenta años, que llevaba una birreta de terciopelo negro, o gorro ajustado, bordado de perlas, bajo el cual unas trenzas negras