Sin duda, hablando en general, apenas habría nada que pudiera parecer más grandioso, ni más apto para reavivar en los pechos de los hombres el recuerdo de aquellas grandes dispensaciones mediante las cuales se habían asentado nuevos estratos en la historia de la humanidad.
Y existía la convicción generalizada de que la llegada del rey de Francia y su ejército a Italia era uno de esos acontecimientos ante los cuales bien podía creerse que las estatuas de mármol sudaban, que guerreros fantasmales y de fuego luchaban en el aire y que los cuadrúpedos parían monstruosidades; que no pertenecía al orden habitual de la Providencia, sino que era, en un sentido peculiar, obra de Dios.
Era una convicción que se apoyaba menos en el carácter necesariamente trascendental de una poderosa invasión extranjera que en ciertas emociones morales a las que el cariz de los tiempos daba forma de presentimientos: emociones que habían hallado una expresión muy notable en la voz de un solo hombre.
Aquel hombre era fray Girolamo Savonarola, prior del convento dominico de San Marcos en Florencia. Una mañana de septiembre, cuando aún resonaba en los oídos de los hombres la noticia de que el ejército francés había entrado en Italia, había predicado en la catedral de Florencia sobre el texto: «He aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra». Creía que había sido por guía divina por lo que había llegado justamente hasta ahí en su exposición del Génesis la Cuaresma anterior; y creía que el «diluvio de aguas» —emblema a la vez de ira vengativa y de misericordia purificadora— era el símbolo divinamente indicado del ejército francés.
Su auditorio, algunos de cuyos miembros eran tenidos por los espíritus más selectos de la época —los hombres más cultos de la más culta de las ciudades italianas—, también lo creía, y escuchaba con estremecido asombro. Pues este hombre poseía un poder rara vez igualado para