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XVIII. El Retrato

En cuanto a los cincuenta y cinco florines, el precio de compra del anillo, Tito ya había decidido qué hacer con algunos de ellos; llevaría a cabo una idea bastante ingeniosa que lo dejaría más tranquilo a la hora de justificar la ausencia de su anillo ante Romola, y que también le serviría como medio para proteger la mente de ella de la reaparición de aquellas ocurrencias monásticas que le resultaban especialmente repugnantes; y con este pensamiento en la mente, se dirigió a la Vía Gualfonda para buscar a Piero di Cosimo, el artista que en aquel entonces sobresalía en el diseño mitológico fantástico que el propósito de Tito requería.

Al entrar en el patio al que daba la vivienda de Piero, Tito halló el pesado llamador de hierro de la puerta envuelto generosamente en lana e ingeniosamente sujeto con cordeles.

Recordando la costumbre del pintor de taparse los oídos contra los ruidos molestos, Tito no se sorprendió mucho ante este modo de defensa contra el estruendo de los visitantes, y se dispuso primero a llamar con modestia con los nudillos, y luego a un intento más imperioso de sacudir la puerta.

¡En vano! Tito se alejababa, reprochándose perder el tiempo en esta visita en lugar de esperar hasta volver a ver al pintor en casa de Nello, cuando una niña entró en el patio con una cesta de huevos en el brazo, se acercó a la puerta y, poniéndose de puntillas, empujó hacia arriba una pequeña placa de hierro que corría por unos rieles y, poniendo la boca en la abertura así descubierta, exclamó con voz aguda: «¡Messer Piero!».

En unos momentos Tito oyó el ruido de los cerrojos, se abrió la puerta y Piero se presentó con un gorro de dormir rojo y una túnica holgada de sarga marrón, con las mangas arremangadas hasta los hombros.

Lanzó una mirada de sorpresa a Tito, pero sin prestarle más atención tendió la mano para coger la cesta del niño, volvió a entrar en la casa y, regresando al poco tiempo con la cesta vacía, dijo: —¿Cuánto hay que pagar?

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