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LXI

error. Ha perdido su corona. El secreto más profundo de la bienaventuranza humana le ha susurrado a medias y después se ha apartado de ella para

Y ahora el mejor apoyo de Romola ante aquel supremo dolor de mujer se había desvanecido. La visión de cualquier gran propósito, de cualquier fin de la existencia que pudiera ennoblecer la resistencia y exaltar los actos comunes de una vida polvorienta con divinos ardores, se hallaba para ella ahora totalmente eclipsada por la sensación de una confusión en las cosas humanas que convertía todo esfuerzo en un mero arrastrar de hilos enredados; toda compañía, ya fuera para la resistencia o para la defensa, en mera injusticia y exclusivismo.

¿Qué era, después de todo, el hombre que había representado para ella el más alto heroísmo: el heroísmo no de la dura y contenida resistencia, sino del amor dispuesto a inmolarse? ¿Cuál era la causa por la que luchaba? Romola había perdido su confianza en Savonarola, había perdido ese fervor de admiración que le había hecho pasar por alto sus desviaciones y atender únicamente a la gran curva de su órbita.

Y ahora que su agudo sentimiento por su padrino la había arrojado al antagonismo con el Frate, veía todos los detalles repulsivos e incongruentes de su enseñanza con una dolorosa lucidez que exageraba sus proporciones. En la amargura de su desengaño, decía que su lucha por la renovación de la Iglesia y del mundo era la lucha por un mero nombre que no decía más que el título de un libro: un nombre que había llegado a significar en la práctica las medidas que habrían de fortalecer su propia posición en Florencia; es más, a menudo actos y palabras cuestionables con el fin de salvar su influencia de sufrir por sus propios errores. Y aquella reforma política que antaño había despertado un nuevo interés en su vida parecía ahora reducirse a mezquindades para la seguridad de Florencia, en despreciable contradicción con las alternas profesiones de ciega confianza en el cuidado Divino.

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