“¿Inanis? Sí, si es una fama mentirosa; pero no si es la justa recompensa del trabajo y de un gran propósito. Reclamo mi derecho: no es justo que la obra de mi cerebro y de mis manos no sea un monumento para mí; no es justo que mi labor lleve el nombre de otro hombre. Es poco pedir —prosiguió el viejo con amargura— que mi nombre esté sobre la puerta, que los hombres se reconozcan deudores de la Biblioteca Bardi en Florencia. Hablarán fríamente de mí, tal vez: «un coleccionista y transcriptores diligente —dirán—, y también de cierta agudeza crítica, pero alguien que difícilmente podría destacar en una época tan prolífica en eruditos ilustres. Con todo, merece nuestra compasión, pues en los últimos años de su vida estuvo ciego, y su único hijo, a cuya educación había consagrado sus mejores años...». A pesar de todo, mi nombre será recordado y los hombres me honrarán: no con el soplo de la lisonja, comprado con mezquinos sobornos, sino porque he trabajado, y porque mis trabajos permanecerán. ¡Deudas! Ya sé que hay deudas; y está tu dote, Romola, por pagar. Pero debe de haber
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V. El erudito ciego y su hija
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