Y el pueblo había gritado ¡Francia, Francia! con un entusiasmo proporcionado al esplendor del dosel que habían hecho Jirones como botín suyo, según la costumbre inmemorial; los labios reales habían besado debidamente el altar; y, tras todos los percances, la persona real y su séquito se alojaban en el Palacio de la Vía Larga, el resto de los nobles y caballeros se dispersaban por las grandes casas de Florencia, y la temible soldadesca acampaba en el Prato y otros barrios abiertos.
El trabajo del día había terminado.
Pero las calles aún ofrecían un aspecto sorprendente, como los florentinos no habían visto antes bajo las estrellas de noviembre. En lugar de una penumbra intacta salvo por una lámpara que ardía débilmente aquí y allá ante una imagen sagrada en las esquinas, o por un chorro de luz más roja procedente de una puerta abierta, había lámparas colgadas en las ventanas de todas las casas, de modo que los hombres podían caminar tan segura y cómodamente como de día— fù gran magnificenza.
Por esas calles iluminadas caminaba Tito Melema hacia las ocho de la tarde, de regreso a su casa. Se había estado esforzando durante todo el día bajo la presión de ocultas inquietudes, y al fin se había escapado sin ser visto en medio de la alegría posterior a la cena. Una vez libre para afrontar y considerar a fondo sus circunstancias, esperaba poder amoldarse a ellas y a todas las probabilidades de modo que pudiera librarse de su miedo infantil. ¡Si tan solo no le hubiera faltado la presencia de ánimo necesaria para reconocer a Baldassarre bajo aquella sorpresa!, le habría ido mejor en