—Debo alejarme de ti ahora —dijo—, pero te dejaré este mechón de cabello para que te sirva de recuerdo de mí, porque si alguna vez te encuentras en apuros puedes pensar que tal vez Dios me envíe a cuidarte de nuevo. No puedo decirte dónde encontrarme, pero si alguna vez sé que me necesitas, iré a ti. ¡Addio!
Había dejado en el suelo a Lillo apresuradamente y tendió la mano a Tessa, quien la besó con una mezcla de temor reverente y dolor ante esta despedida.
La mente de Romola estaba abrumada de pensamientos; necesitaba estar sola cuanto antes, pero con su habitual solicitud hacia los menos afortunados, se apartó para poner su mano de un modo amistoso sobre el hombro de Monna Lisa y hacerle una señal de despedida.
Antes de que la anciana hubiera terminado su profunda reverencia, Romola había desaparecido.
Monna Lisa y Tessa avanzaron una hacia la otra por impulsos simultáneos, mientras los dos niños se quedaban aferrados a las faldas de su madre como si ellos también sintieran la atmósfera de asombro.
—¿Crees que era una santa? —dijo Tessa al oído de Lisa, mostrándole el mechón.
Lisa rechazó esa idea de manera muy decidida con un movimiento hacia atrás de los dedos y luego, acariciando el oro ondulado, dijo:
“Es una gran y noble señora. Vi a algunas así en mi juventud”.
Romola se fue a casa y pasó sola las horas sofocantes de aquel día con la pesada certeza de su destino inalterable. Se vio arrojada de nuevo al conflicto entre las exigencias de una ley externa, que reconocía como una obligación de ramificaciones profundas, y las exigencias de unos hechos morales internos que se volvían cada vez más imperativos.