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LXVIII

Se incorporó de su postura reclinada y se sentó en la barca, dispuesta, de ser posible, a resistir el torrente de pensamientos que acudían junto con la conjetura de cuán lejos la había llevado la barca.

¿Por qué habría de importarle? Este era un rincón resguardado donde había aldeanos sencillos que no le harían daño.

Por un poco de tiempo, al menos, podría descansar y no tomar ninguna determinación. Pronto iría a buscar un poco de pan y leche, y luego se acurrucaría en la verde quietud y sentiría que había una pausa en su vida.

Se volvió para contemplar el valle en forma de cresciente, a fin de recuperar la relajante sensación de paz y belleza que había sentido al despertar por primera vez.

No llevaba más de unos minutos en aquella actitud de contemplación cuando a través de la quietud llegó un grito desgarrador; no un grito breve, sino continuo y cada vez más intenso. Romola tuvo la certeza de que era el llanto de un niño pequeño en apuros al que nadie acudía a ayudar. Se incorporó de un salto y puso un pie en el borde de la barca dispuesta a saltar a la playa; pero se detuvo allí y escuchó: la madre del niño debía estar cerca, el llanto no tardaría en cesar. Pero este continuó, y atrajo a Romola de manera tan irresistible, pareciéndole aún más lastimero por la sensación de paz que lo había precedido, que saltó a la playa y caminó muchos pasos antes de saber qué dirección tomaría. El grito, pensó, venía de unos matorrales silvestres a muchos metros a su derecha, donde vio una choza semirruinosa. Trepó por una cerca de piedra baja y rota, y se abrió paso a través de rodales de cultivos verdes llenos de malas hierbas y trigo maduro pero descuidado. El grito se hizo más nítido y, convencida de que tenía razón, se apresuró hacia la choza; pero incluso en ese caminar apresurado sintió un cambio opresivo en el aire al dejar el mar atrás. ¿Había alguna contaminación al acecho entre la frondosidad verde que le había parecido un refugio tan tentador contra

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