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VIII. Un rostro entre la multitud

—No blasfeméis contra las costumbres de nuestra ciudad —dijo Pietro Cennini, muy ofendido—. Hay nuevos ingenios que creen ver las cosas con más verdad porque se ponen cabeza abajo para mirarlas, como saltimbanquis y volatineros, en vez de conservar la actitud de los hombres racionales. Sin duda, alos monos del maestro Vaiano les importa poco si ven la estatua de nuestra Judit, obra de Donatello, con la cabeza o con la cola hacia arriba.

—Vuestra solemnidad concederá alguna tregua a la juguetona fantasía, espero —dijo Cei, encogiéndose de hombros—; de lo contrario, ¿qué sería de los antiguos, cuyo ejemplo vosotros, los eruditos, tenéis el deber de venerar, Messer Pietro? La vida nunca ha sido otra cosa que un perpetuo vaivén entre la gravedad y la broma.

—Guardaos pues vuestra burla hasta que vuestro extremo del palo quede arriba —dijo Cennini, aún irritado—, y ese no es el momento en que el gran vínculo de nuestra República se expresa en símbolos antiguos, sin los cuales el vulgo no tendría conciencia de nada más allá de sus propias

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