para mi gusto. Siento un escalofrío al pensar en lo que hay dentro: hidrópicas y ahumadas Madonnas; santos sin carne en mosaico, que desde el ábside contemplan fijamente una estúpida sorpresa y recriminación; esqueletos cubiertos de pieles colgados en cruces, o acribillados a flechas, o estirados sobre parrillas; mujeres y monjes con la cabeza inclinada en perpetua lamentación. Ya he visto bastante de esos favoritos del cielo de cuello torcido en Constantinopla. Pero ¿qué es esta puerta de bronce rugosa de imágenes? Estas figuras de mujeres parecen moldeadas con un espíritu diferente al de esos santos hambrientos y mirones de los que hablaba; estas cabezas en alto relieve hablan de una mente humana en su interior, en vez de parecer un índice de espasmos perpetuos y
—Sí, sí —dijo Nello, con cierto triunfo—; creo que dentro de poco les demostraremos que nuestro arte florentino no se encuentra en estado de barbarie. Estas puertas, mi buen joven, fueron moldeadas hace medio siglo por nuestro Lorenzo Ghiberti, cuando este apenas contaba tantos años como vos.
“Ah, ya me acuerdo —dijo el desconocido, volviéndose, como aquel cuyo apetito de contemplación se satisface pronto—. He oído que vuestros escultores y pintores toscanos han estado estudiando un poco lo antiguo. Pero con frailes por modelos, y las leyendas de ermitaños locos y mártires por temas, la visión del mismo Olimpo les serviría de bien poco”.
—Comprendo —dijo Nello, con un encogimiento de hombros significativo, mientras caminaban. —Compartes el mismo criterio que Michele Marullo, vaya, y que el mismísimo Angelo Poliziano, a pesar de su canonicato, cuando se relaja un poco en mi tienda después de sus lecciones y habla de los dioses que