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XXXIII. Baldassarre hace una amistad

grandes piedras, que no se había vuelto a cultivar desde que un corrimiento de tierra destruyera algunas casas allí hacia finales del siglo XIII. Justo encima del borde de este terreno quebradizo se alzaba un curioso edificio pequeño y cuadrado, que parecía una torre truncada techada con tejas acanaladas, y muy cerca había un cobertizo pequeño, aparentemente adosado a un fragmento de muro de piedra en ruinas. Bajo una gran morera medio muerta que ahora arrojaba sus últimas hojas revoloteantes por las puertas abiertas, una anciana reseca y curtida estaba desatando a una cabra con dos crías, y Baldassarre pudo ver que una parte de la construcción anexa estaba ocupada por ganado; pero la puerta de la otra parte estaba abierta y se hallaba vacía de todo, salvo de algunas herramientas y paja. Era justo el tipo de lugar que buscaba. Le habló a la anciana; pero no fue hasta que se acercó a ella y le gritó al oído cuando logró hacerle entender su necesidad de un alojamiento y su disposición a pagarlo. Al principio no obtuvo más respuesta que negaciones con la cabeza y las palabras «No⁠—no hay alojamiento», pronunciadas con el tono apagado de los sordos. Pero, a fuerza de insistencia, le dejó claro que era un forastero pobre venido de muy lejos, de más allá de los mares, y que no podía permitirse ir a mesones; que solo quería tumbarse sobre la paja en el cobertizo y le pagaría un cuattrino o dos a la semana por ese cobijo. Ella siguió mirándolo con desconfianza, negando con la cabeza y hablándose a sí misma en voz baja; pero al poco rato, como si se le hubiera ocurrido una nueva idea, fue a buscar un hacha a la casa y, mostrándole un tronco que yacía medio cubierto de paja en un rincón, le preguntó si se lo picaría: si lo hacía, podría dormir en el cobertizo por una noche.

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