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LXIII

Y no era probable que olvidara aquella mañana de octubre de hace más de un año, cuando Romola se le habíá aparecido de repente a la puerta de la barbería de Nello, y lo había obligado a declarar su certeza de que Fray Girolamo no iba a salir de las murallas. El hecho de que Ser Ceccone hubiera sido testigo de aquella escena, unido a la percepción de Tito de que, por una razón u otra, era objeto de la antipatía del notario, había adquirido una nueva importancia debido al reciente giro de los acontecimientos. Pues tras haberse visto implicado en las conjuras mediceas, y haber considerado aconsejable por ello retirarse al campo durante algún tiempo, Ser Ceccone se había adscrito últimamente, desde su reaparición en la ciudad, a los Arrabbiati, y cultivaba el mecenazgo de Dolfo Spini. Ahora bien, a aquel capitán de los Compagnacci le gustaba mucho, cuando estaba en compañía de íntimos, hacer relatos confidenciales sobre sus propias fechorías, y si las facultades de deducción de Ser Ceccone se veían agudizadas por la enemistad, podría recabar ciertos conocimientos que utilizaría contra Tito con resultados muy desagradables.

Sería lamentable verse frustrado en planes bien conducidos por un notario insignificante; quedar cojeando por la picadura de un insecto al que había ofendido sin darse cuenta.

«Pero —se dijo Tito—, la aversión de este hombre hacia mí no puede ser nada más profunda que el mal humor de un perro sin cenar; lo conquistaré si puedo hacerlo próspero».

Y se había alegrado mucho de la oportunidad que se le había presentado de dotar al notario de un puesto temporal como cancelliere suplente o secretario de registro bajo los Diez, creyendo que, con esta sopa boba y la expectativa de más, al chucho irascible se le quitarían por completo las ganas de morderlo.

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