Impulsado en parte por la necesidad espiritual que se le imponía de guiar al pueblo, y en parte por la instigación de hombres públicos que no lograban sacar adelante ninguna medida sin su ayuda, pasaba rápidamente en sus sermones cotidianos de lo general a lo particular—de decir a sus oyentes que debían posponer sus pasiones e intereses privados al bien público, a decirles con precisión qué clase de gobierno debían tener para promover ese bien—de «Elijan lo que sea mejor para todos» a «Elijan el Gran Consejo», y «el Gran Consejo es la voluntad de Dios».
Para Savonarola, estas eran proposiciones prácticamente idénticas. El Gran Consejo era el único plan viable para dar expresión a una voluntad pública lo suficientemente amplia como para contrarrestar la influencia corruptora de los intereses de partido: era un plan que haría que la acción pública honesta e imparcial fuera al menos posible. Y cuanto más puro fuera el gobierno de Florencia —más a salvo de los designios de hombres que veían su propio beneficio en la debajeza moral de sus semejantes—, más se acercaría el pueblo florentino al carácter de una comunidad pura, digna de abrir el camino en la renovación de la Iglesia y del mundo. Y la mente de fra Girolamo nunca se detenía antes de alcanzar ese fin altísimo: los objetivos hacia los cuales sentía que trabajaba poseían siempre la misma magnificencia moral. No guardaba rencor personal alguno; no buscaba ninguna gratificación mezquina. Incluso en los últimos días terribles, cuando la ignominia, la tortura y el temor a la tortura habían dejado al descubierto cada debilidad oculta de su alma, pudo decirles a sus importunos jueces: «No os extrañéss si os parece que os he contado pocas cosas; pues mis propósitos eran pocos y grandes».