—Sí, es tu primo —dijo Monna Brigida con voz vivaracha, levantando los dedos con una sonrisa hacia Tito y alzando luego el rostro para que Romola la besara—. Siempre el primo molesto que irrumpe en vuestra sabiduría —prosiguió, sentándose y empezando a abanicarse con el velo blanco que colgaba de su brazo—. Bien, bien; si no os trajera alguna noticia del mundo de vez en cuando, bien creo que os olvidaríais de que hay algo en la vida aparte de estos antiguos mohosos, a los que habría que rociar con agua bendita si todo lo que oigo sobre ellos es cierto. No es que el mundo no esté bastante mal hoy en día, con los escándalos que surgen bajo las narices en cada esquina; no es que quiera oír y ver tales cosas, pero uno no puede ir por ahí con la cabeza metida en un costal; y fue apenas ayer... bien, bien, no hace falta que os saltéis contra mí, Bardo, no voy a contar nada; si no soy tan sabia como los tres Reyes Magos, sé cuántas patas le caben a una bota. Pero, a pesar de todo, Florencia es una ciudad perversa, ¿no es verdad, Messer Tito?, pues vos os movéis por el mundo. No es que uno no deba pecar un poco —Messer Domeneddio espera eso de nosotros, pues si no, ¿para qué sirven los santos sacramentos?—. Y lo que yo digo es que debemos venerar a los santos, y no ponernos como si pudiéramos ser como ellos, pues de lo contrario la vida sería insoportable; tal como lo será si las cosas siguen según esta nueva moda.
¿Para qué os parece? Hoy he estado en la boda —la de Dianora Acciajoli con el joven Albizzi, de la que tanto se ha hablado— y todo el mundo se extrañaba de que fuera hoy en lugar de ayer; pero, cieli!, una boda como aquella bien podría haberse pospuesto hasta la próxima Cuaresma a modo de penitencia. Pues allí estaba la novia, pareciendo una monja blanca —ni una sola perla llevaba encima—, y el novio tan serio como San Giuseppe. ¡Es la verdad! Y la mitad de los invitados eran Piagnoni —los llaman Piagnoni ahora, a estos nuevos santos hechos por Fra Girolamo—. Y pensar en dos familias como los Albizzi y los Acciajoli tomando semejantes ideas, ¡cuando podían permitirse lucir lo mejor! En fin, en fin, a mí me invitaron —pero no les quedaba de otra, viendo que mi