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nydus/Don QuixotePublic
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XXXIII

Y a mi parecer, en los gobiernos el comenzar es todo; y a lo mejor, después de quince días de gobernador, ya me habré hecho con el oficio y sabré más de él que del arado, que es en lo que me he criado.

—Tiene usted razón, Sancho —dijo la duquesa—, que nadie nace enseñado, y de los hombres se hacen los obispos, y no de las piedras.

Pero volviendo al cuento de nuestro propósito de poco ha, el encantamiento de la señora Dulcinea tengo por cierto, y por cosa más que evidente, que la industria que Sancho usó de querer engañar a su amo, haciéndole creer que la labradora era Dulcinea y que si no la conoció fue por estar encantada, fue toda invención de alguno de los encantadores que a Don Quijote persiguen.

Porque a buena fe y sin duda que yo sé de buena fuente que la mojiganga y villana que subió en el burro fue y es Dulcinea del Toboso, y que el buen Sancho, aunque se piensa que es el engañador, es el engañado; y que no hay que dudar en esto más que en las cosas que nunca vimos.

Y hágale saber al señor Sancho Panza que también acá tenemos nosotros encantadores que nos quieren bien y que nos dicen lo que pasa por el mundo clara y distintamente, sin rodeos ni mentiras; y créame, Sancho, que la moza alegre de la labradora era y es Dulcinea del Toboso, la cual está tan encantada como la madre que la parió; y cuando menos nos pensemos la veremos en su propia figura, y con esto saldrá Sancho del error en que ahora está.

—Todo eso puede ser muy cierto —dijo Sancho Panza—; y ahora estoy dispuesto a creer lo que mi amo dice de lo que vio en la cueva de Montesinos, donde dice que vio a la señora Dulcinea del Toboso con el mismo vestido y traje que yo dije que la había visto cuando la encanté a mi sola voluntad. Debe de ser todo al revés, como vuestra señoría dice; porque no es posible pensar que de mi pobre ingenio se pudiera tejer en un instante

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