tiene y a la regla que guarda de que los caballeros andantes no se han de sustentar ni mantener de otra cosa que de frutos secos y de las hierbas del campo.
—¡A fe mía, hermano —dijo el del Bosque—, que no estoy yo hecho para comer cardos, ni alcornoques, ni raíces de los montes; coman nuestros amos sus opiniones y leyes de caballería y cómanse lo que ellas mandan; que yo llevo en la capacha y en esta bota que cuelga del arzón del sillón, a pesar de todo lo que dicen, mis talegos y mis matalotajes; y es tanta la adoración que le tengo y tanto lo que la quiero, que no hay hora casi que no la abrace y la bese mil veces!; y, diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual, alzándola en alto y hincándola en la boca, estuvo mirando a las estrellas un cuarto de hora; y en acabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado y, dando un gran suspiro, dijo: —¡Oh hideputa, y cómo es católico!
—Ahí ves —dijo el del Bosque, al oír la exclamación de Sancho— cómo has llamado a este vino hijo de puta a modo de alabanza.
—Pues —dijo Sancho—, confieso y doy por bien empleado que no es deshonra llamar a nadie hijo de puta cuando cae debajo del entendimiento de alabanza. Pero dígame, señor, ¡por vida de lo que más quiere!, ¿es este vino de Ciudad Real?
—¡Oh, raro catador de vinos! —dijo el de la Selva—; en verdad que de ninguna otra parte procede, y además tiene unos años de edad.
—Déjame a mí con eso —dijo Sancho—; no temas que no dé con el pie de la dehesa. ¿Qué os parece, señor escudero, que tengo yo tal natural y tanto asomo de buen vino, que en dándome a oler uno, le atino al país, a la calaña, al gusto y a la templanza, con las mudanzas que tuviere, y todo lo demás que a un vino pertenece? Pero no es mucho, si no que tuve en mi linaje, por parte de mi padre, los dos más excelentes mojones que ha habido en la Mancha ha muchos