certificaron que yo era el que allí estaba entonces el mismo que soy agora. Tras esto se me representó a la vista un regalado palacio o castillo, cuyas paredes parecían hechas de claro y transparente cristal; y por dos puertas grandes que en él se abrieron, vi que salían y hacia mí se encaminaban un venerable anciano, vestido de una ropa larga de sayal moreno que por el suelo le arrastraba. Traía sobre los hombros y el pecho una golilla de raso verde, y cubierta la cabeza con una montera milanesa, y la barba, que le pasaba de la cintura, blanca como la nieve. No traía armas ningunas, sino un rosario de cuentas tan grandes como medianas avellanas, que parecían las decenas dello como medianos huevos de avestruz; la gravedad, el paso, el señorío y la espaciosa presencia me dejó suspenso y atónito. Llegóse a mí, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente, y luego me dijo: «Largo tiempo ha, ¡oh valeroso caballero don Quijote de la Mancha!, que los aquí encerrados en estas soledades encantadas estamos esperando verte, para que hagas saber al mundo lo que encierra y oculta esta profunda sima, llamada la cueva de Montesinos, cuya entrada está reservada a solo tu invencible corazón y a tu stupendo esfuerzo. Ven, ilustre señor, conmigo, que yo te mostraré las maravillas que están encubiertas dentro de este transparente castillo, del cual soy el alcaide y guarda perpetua; que yo soy el mesmo Montesinos, de quien la cueva toma su nombre».
“En el mismo instante en que me dijo que era Montesinos, le pregunté si era verdad lo que por este mundo de acá arriba se cuenta, a saber, que él había sacado el corazón de su gran amigo Durandarte del pecho con un puñal pequeño, y se lo había llevado a la señora Belerma, tal como su amigo, al borde de la muerte, se lo había mandado. Respondió a ello que en todo decían la verdad, excepto en lo del puñal, porque no era tal puñal, ni pequeño, sino una daga bruñida más afilada que una lezna.”
—Ese puñal debió de hacerlo Ramón de Hoces el Sevillano —dijo Sancho.