—A la fe, señor gobernador —dijo el maestresala—, que vuestra merced tiene parte en todo lo que ha dicho, y yo le prometo en nombre de todos los moradores de esta ínsula que le han de servir con todo celo, amor y buena voluntad, porque el blando género de gobierno que para en comienzo nos ha dado no deja lugar para hacer ni pensar cosa que en deservicio de vuestra merced sea.
—Eso creo yo —dijo Sancho—; y muy necios serían si otra cosa hiciesen o pensasen; y una vez más digo que miréis por mi provisión y por la de mi Rucio, que es lo que importa y viene más a cuento; y, en llegando la hora, dar la ronda, que es mi intención limpiar esta ínsula de todo género de inmundicia y de gente vagabunda, holgazana y malútil; porque habéis de saber, amigos, que los perezosos y regalados holgazanes son en la república lo mismo que los zánganos en las colmenas, que se comen la miel que labran las abejas trabajadoras.
Pienso amparar al labrador, guardar a los hidalgos sus privilegios, premiar a los virtuosos, y, sobre todo, respetar la religión y honrar a sus ministros.
¿Qué decís a esto, amigos? ¿Hay algo de lo que digo, o hablo por hablar?
—Tanto hay de verdad en lo que vuestra merced dice, señor gobernador —dijo el mayordomo—, que a mí me admira ver que un hombre como vuestra merced, que no tiene brizna de letra (porque creo que no la tiene ninguna), diga tales cosas y tan llenas de sentencias y de discretos avisos, muy al revés de lo que de su ingenio vuestra merced esperaban los que nos enviaron y los que aquí vinimos. Cada día se ve cosa nueva en este mundo: las burlas se vuelven veras, y los burladores se hallan burlados.
Llegó la noche, y con licencia del doctor Pedro Recio cenó el gobernador. Dispusieron luego ir a la ronda, y partiose con el mayordomo, el secretario, el maestresala y el cronista encargado de registrar sus hazañas, y alguaciles y escribanos tantos, que se pudiera hacer dellos un buen escuadrón.