Volvió Sancho a recoger su albarda, habiendo arrancado una carcajada a la profunda melancolía de su amo, y despertado una nueva admiración en don Diego. Preguntóle entonces don Quijote cuántos hijos tenía, y le observó que una de las cosas en que los filósofos antiguos, que carecían del verdadero conocimiento de Dios, ponían el summum bonum era en los bienes de la naturaleza, en los de la fortuna, en tener muchos amigos y muchos y buenos hijos.
—Yo, señor don Quijote —respondió el caballero—, tengo un hijo, sin el cual, quizá, me tendría por más dichoso de lo que soy, no porque él sea malo, sino porque no es tan bueno como yo desearía. Tiene diez y ocho años; ha seis que está en Salamanca estudiando latín y griego, y cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, le hallé tan enviciado en la de la poesía (si es que se puede llamar ciencia), que no hay medio con él de hacerle tomar en gusto las leyes, que yo quería que estudiase, ni la teología, reina de todas ellas. Quisiera yo que fuera honra de su linaje, pues vivimos en tiempos donde nuestros reyes premian liberalmente las letras virtuosas y famosas; que las letras sin virtud son perlas en el muladar. Él se pasa todo el día en averiguar si habló bien o mal Homero en tal verso de la Ilíada; si fue deshonesto Marcial en tal epigrama; si se han de entender de esta manera o de la otra aquellos versos de Virgilio; en resolución, toda su conversación es con los libros de los dichos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tíbulo; que de los modernos en nuestra lengua no hace mucho caso; y con ser que parece que muestra desdén por la poesía castellana, agora le traen anegado los pensamientos en hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de Salamanca, que tengo para mí que son para algún torneo poético.
A todo esto respondió Don Quijote: —Los hijos, señor, son trozos de las entrañas de sus padres, y así, o buenos o malos, se han de querer como se quieren las almas que nos dan vida; a los padres toca encaminarlos desde la infancia en los pasos de la virtud, de la crianza y de las buenas costumbres cristianas, para que sean báculos de la vejez de sus padres y