Si la impaciencia y la violenta pasión de Crisóstomo le costaron la vida, ¿por qué se ha de culpar a mi honesto proceder y recato?
Si conservo mi pureza entre la compañía de los árboles, ¿por qué ha de pretender quitarme la suya aquel que quiere que la guarde entre los hombres?
Tengo, como sabéis, riqueza propia, y no codicio la ajena; mi gusto es la libertad, y no me agradan las sujeciones; ni amo ni aborrezco a nadie; no engaño a este ni aseguro a aquel, ni burlo con uno ni me entretengo con otro.
La honesta conversación de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras sustentan mis deseos; los cuales no salen de estas montañas, y si salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que el alma camina a su primera morada.
Con estas palabras, y sin esperar a oír respuesta, se volvió y se metió en lo más espeso de un bosque que allí cerca estaba, dejando a cuantos allí estaban suspensos, tanto de su discreción como de su hermosura. Algunos —los heridos de los irresistibles dardos que los radiantes ojos de la moza habían lanzado— hicieron ademán de seguirla, sin advertir la clara declaración que acababan de oír; lo cual visto por don Quijote, y pareciéndole ser aquella ocasión oportuna para ejercitar su caballería en favor de las doncellas afligidas, poniendo mano a la empuñadura de su espada, en voz alta y clara dijo:
«Nadie, sea cual fuere su clase o condición, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, bajo pena de incurrir en