—Todo es uno —dijo el mozo—; no va en eso el negocio, sino en si es albarda o no es albarda, como vuestras mercedes dicen.
Al oír esto, uno de los recién llegados oficiales de la Hermandad, que había estado escuchando la disputa y la controversia, incapaz de contener su cólera e impaciencia, exclamó: «Es una albarda, tan cierto como que mi padre es mi padre, y quien haya dicho o dijere otra cosa, debe de estar borracho».
—Mientes como un bellaco ruin —respondió don Quijote—; y levantando la pica, que nunca se le había caído de la mano, le arreó tal golpe en la cabeza, que a no apartarse el cuadrillero, le dejara allí estirado de largo a largo. Hízose la pica pedazos en el suelo, y los demás cuadrilleros, viendo tratar mal a su compañero, alzadse gritando y pidiendo favor a la Santa Hermandad. El ventero, que era de la cofradía, acudió luego por su vara de justicia y por su espada, y púsose a favor de los suyos; los mozos de don Luis se arracimaron con él, porque no se les fuese en la confusión; el barbero, viendo la casa vuelta por alto, volvió a asir de su albarda, y lo mismo hizo Sancho; don Quijote desenvainó la espada y arremetió a los cuadrilleros; don Luis daba voces a sus criados que le dejasen y que fuesen a ayudar a don Quijote, y a Cardenio y a don Fernando, que los dos favorecían al andante caballero; el cura daba gritos, la ventera chillaba, su hija se lamentaba, Maritornes lloraba, Dorotea estaba espantada, Luscinda atónita y doña Clara desmayada. El barbero aporreaba a Sancho, y Sancho moliía al barbero; don Luis dio un puñoduro a un criado suyo que le quiso asir del brazo para estorbar que no se fuese, que le bañó los dientes en sangre; valiósele el oidor; don Fernando tenía debajo de sus pies a un cuadrillero, azotándole de lo lindo; el ventero tornó a vocear pidiendo favor a la Santa Hermandad; de