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nydus/Don QuixotePublic
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XLI. En el que el cautivo prosigue sus aventuras

Los cristianos que habían de remar estaban apercibidos y escondidos por diferentes partes alrededor de allí, todos atentos y alegres, y codiciosos de acometer a la embarcación que tenían delante de los ojos; porque no sabían el intento del renegado, sino que pensaban que por fuerza de armas habían de cobrar su libertad y de matar a los moros que en el bajel venían. Así, pues, que yo y mis camaradas nos aparecimos, todos los que estaban en el escondrijo, viéndonos, se llegaron a nosotros. Era ya la hora en que las puertas de la ciudad se cierran, y no parecía por todo aquel campo persona alguna. Juntos, pues, estuvimos poniendo en plática si sería mejor ir primero por Zoraida, o asegurar los moros remeros que en el bajel venían; pero estando en esta duda, llegó nuestro renegado, preguntándonos qué nos detenía, pues era ya la hora y todos los moros descuidados y la mayor parte dellos durmiendo. Dijimosle la causa por qué nos deteníamos, pero él respondió que era de más importancia asegurar primero el bajel, lo cual se podía hacer con facilísima cosa y sin peligro ninguno, y que luego iríamos por Zoraida. A todos pareció bien lo que decía, y así, sin más dilación, guiados dél, fuimos a la barca, y saltando él el primero dentro, desenvainó su alfanje y dijo en lengua morisca: «Nadie se mueva de aquí si no quiere que le cueste la vida». Con esto ya casi todos los cristianos estaban dentro, y los moros, que eran de poco ánimo, oyendo hablar a su capitán de aquella manera, se atemorizaron, y sin que ninguno osase tomar las armas (y aun pocas o ninguna tenían), se dejaron atar de los cristianos sin hablar palabra, lo cual hicieron con mucha presteza, amenazándolos que a la primera voz que levantasen habían de ser todos pasados a cuchillo. Hecho esto, y quedándose la mitad de los nuestros para guarda dellos, los demás, llevando otra vez al renegado por guía, fuimos hacia el jardín de

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