tú tendrás cuidado de pasarlo a papel, en buena letra, en el primer lugar que hallares donde haya maestro de escuela, o si no, cualquier sacristán te lo sacará; pero advierte que no se lo des a escribir a ningún escribano, que hacen letra procesada, que no la entenderá
—Pero ¿qué se ha de hacer de la firma? —dijo Sancho.
—Las cartas de Amadís nunca se firmaban —dijo don Quijote.
—Todo eso está muy bien —dijo Sancho—, pero la orden ha de estar firmada, y si se traslada dirán que la firma es falsa, y me quedaré sin pollinos.
—La libranza irá firmada en el mismo libro —dijo don Quijote—, y en viéndola mi sobrina no pondrá dificultad en cumplirla; y en cuanto a la carta de amores, puedes poner por firma: «Tuyo hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura». Y no hará al caso que vaya de otra mano, porque, a lo que me acuerdo, Dulcinea ni sabe leer ni escribir, ni en todo el curso de su vida ha visto letra ni carta mía, porque mis amores y los suyos han sido siempre platónicos, sin pasar de una vergonzosa mirada, y aun ésta tan ancha que os atreveré a jurar que en estos doce años que ha que la amo más que a la lumbre de estos ojos que se han de tragar la tierra, no la he visto cuatro veces, y podrá ser que de estas cuatro no haya vez que ella se haya apercibido que la miraba: tal es el encerramiento y reclusión con que su padre Lorenzo Corchuelo y su madre Aldonza Nogales la han criado.
—¡Toma, toma! —dijo Sancho—. ¿La hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo?
—Ella es —dijo don Quijote—, y ella es la que merece ser señora de todo el universo.