El gobernador y los presentes se echaron a reír, y con su risa el capellán sintió un punto de vergüenza, y respondió: «Con todo y con eso, señor Neptuno, no conviene enojar al señor Júpiter; quedaos donde estáis, y otro día, que haya más ocasión y más tiempo, volveremos por vos». Desnudaron, pues, al licenciado, y allí le dejaron; y este es el fin del cuento.
“Así que ésa es la historia, maese barbero —dijo don Quixote—, ¿que vino tan de molde a propósito que no pudiste dejar de contarla? ¡Maese tonso, maese tonso!, ¡cuán ciego es aquel que no ve a través de un cedazo! ¿Es posible que no sabéis que las comparaciones de ingenio con ingenio, de valor con valor, de hermosura con hermosura y de linaje con linaje son siempre odiosas y mal recibidas? Yo, maese barbero, no soy Neptuno, el dios de las aguas, ni procuro dar a entender a nadie que soy discreto, no lo siendo; solo me trabajo de hacer entender al mundo el error en que está en no resucitar en sí el felicísimo tiempo donde la orden de la caballería andantesca estuvo en su Pujo. Mas nuestro depravado siglo no es digno de gozar del bien que los otros gozaron, cuando los caballeros andantes tomaron a su cargo la defensa de los reinos, el amparo de las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de los soberbios y el premio de los humildes. Los caballeros de los días nuestros más se atavían y paran en damascos, en brocados y en otras ricas telas que gastan, que no en malla con que se armen; ya no hay caballero que duerce en los campos, al raso del cielo, sujeto a los arneses de pies a cabeza; ya no hay quien duerma, como dicen, sin sacar los pies de los estribos, arrimado a la lanza, a la usanza de los caballeros andantes; ya no hay quien, saliendo de una espesura, se meta por aquellos yermos montes, y de allí pise la estéril y desierta playa de la mar —las más veces tempestuosa y alterada—, y hallando en la ribera un pequeño barco sin remos, vela, mástil ni jarcia alguna, con intrépido corazón se arroje en él y se entregue a las implacables olas de la mar profunda, que ya le levantan al cielo y ya le abisman al infierno, y, oponiendo el pecho al incontrastable soplo, se halle cuando menos se aperoiba tres mil y más leguas apartado del lugar