—No puedo pararme, señor —respondió el hombre—; que las armas que aquí ve que llevo han de servir mañana, y no me puedo detener; con Dios. Y si quiere saber a qué las llevo, a la venta que está más adelante de la ermita pienso alojar esta noche, y si fuere por ese mismo camino, allí me hallará, y sabrá cosas de asombro; y otra vez con Dios;
y dio a su mula tan gran priesa, que no tuvo lugar Don Quixote de preguntarle qué cosas eran las de asombro que pensaba decirle; y como él era algo curioso, y siempre traía el alma turbada y deseosa de saber novedades, determinó de partirse luego, e ir a pasar la noche a la venta, sin entrar en la ermita, donde el primo quería que se desviaran.
Montaron, pues, y tomaron todos tres el camino derecho de la venta, a la cual llegaron un poco antes que anocheciese. En el camino convidó el primo a Don Quixote a que llegasen a beber un trago a la ermita. En oyendo lo cual Sancho enderezó a su Rucio, y lo mismo hizo Don Quixote y el primo; mas quiso su mala suerte que no estaba el ermitaño en la ermita, porque así se lo dijo un subermitano que en ella hallaron. Pidiéronle del más caro; respondió que su amo no lo tenía, que si querían agua barata, que se la darían de muy buena gana.
—Si las hallara en el agua —dijo Sancho—, pozos hay por el camino donde las pudiera hartar. ¡Ah, bodas de Camacho, y cuántas veces os he echado menos en mi menester!
Saliendo de la ermita, siguieron adelante hacia la venta, y un poco más adelante alcanzaron a un mancebo que iba delante de ellos caminando no muy aprisa, de modo que le alcanzaron. Traía una espada al hombro, y en ella colgado un hato o bulto de sus vestidos, al parecer, que debían de ser los calzones o los zaragüelles, y el capote y una camisa o dos; porque traía una casaca corta de terciopelo, con visos que parecían raso en algunas partes, y la camisa de fuera; las calzas eran de seda, y los zapatos