—Señor, habéis dado fin a esta peligrosa aventura más felizmente para vos que ninguna de cuantas yo he visto; quizá esta gente, aunque vencida y desbaratada, caiga en la cuenta de que es un solo hombre el que los ha vencido, y, sintiéndolo y avergonzándose de ello, cobren ánimo y vengan a buscarnos y nos den harto que hacer.
El asno está a punto, las montañas cerca, el hambre aprieta, no hay que hacer otra cosa sino retirarnos con buena orden y, como suele decirse, los muertos a la sepultura y los vivos a la hogaza.
Y arreando delante de sí a su asno, rogó a su amo que le siguiera, el cual, pareciéndole que Sancho tenía razón, lo hizo sin replicar; y habiendo andado un poco trecho entre dos lomas, se hallaron en un valle hondo y escondido, donde se apearon, y Sancho aligeró a su bestia, y tendidos sobre la yerba verde, con salsa de hambre, almorzaron, comieron, merendaron y cenaron a un mismo tiempo, satisfaciendo sus estómagos con más de una repostería de fiambres que los clérigos del difunto —que rara vez se aforran— traían en su mula de cargas.
Pero otro mal les vino, que Sancho tuvo por el peor de todos, y fue que no tenían vino que beber, ni aun agua con que mojarse los labios; y, asaltándoles la sed, Sancho, viendo que el prado donde estaban estaba lleno de yerba verde y menuda, dijo lo que se contará en el capítulo siguiente.