Que trata de las extrañas cosas que sucedieron al valiente caballero de la Mancha en Sierra Morena, y de la imitación que hizo de la penitencia de Beltenebros.
Don Quijote se despidió del cabrero, y subiéndose otra vez en Rocinante mandó a Sancho que le siguiera, el cual lo hizo muy de mala gana por no llevar borrico. Siguieron adelante despacio, penetrando por lo más áspero de la montaña, y Sancho iba que se moría por hablar con su golilla, y deseaba que él rompiera a hablar primero, por no quebrantar el mandamiento que le tenía dado; mas no pudiendo sufrir tanto silencio, le dijo:
—Señor Don Quijote, deme vuestra merced la bendición y la licencia, que me quiero ir desde luego a mi casa con mi mujer y mis hijos, con los cuales al menos podré hablar y platicar todo lo que quisiere; porque pretender que vaya vuestra merced por estos desiertos y encrucijadas de día y de noche y no me hable cuando me viniere a la voluntad es enterrarme en vida.
Si la suerte quisiera que los animales hablaran, como hablaban en los tiempos de Isopete, no fuera tanto el mal, porque platicara con mi Rocinante lo que me viniera a la cabeza, y con eso pasara mi mala ventura; pero es cosa de no poder sufrirse ni llevarse con paciencia andar buscando aventuras toda la vida y no hallar sino manadas y manteamientos, pedradas y puñadas, y, con todo esto, cosida la boca sin osar decir lo que uno tiene en el corazón, como si fuera mudo.